Apuntes de viaje, por Roberto Contreras




Nos quejamos de la indolencia ante los que sufren, de su desconexión con la realidad, de la falta de análisis frente al populismo, cuando visualizamos el panorama que se avecina, con una ultraderecha instalada en Latinoamérica. Según Eco no se debe hablar de nazismo, pues eso ya pasó y fue una sola vez, sino que debe llamarse abiertamente: “fascismo”, el que bajo distintas representaciones y formas de manifestarse, ha comenzado a recorrer el globo, y no como un fantasma, más bien como su encarnación. Ha salido de las sombras, circula a plena luz del día. 
He leído bastante información este último tiempo y un maremoto de comentarios, con lo que me queda cada vez más claro –escribo como no quería Quiroga bajo el influjo de la emoción– pensar y preguntarnos: ¿Qué se hace ahora? O cómo debemos empezar a manifestarnos, antes de que sea demasiado tarde. Me animo a anticipar algunas pistas:
1) Dejando de apelar a los convencidos. Todos quienes nos conocemos y estamos real o virtualmente contactamos, sabemos de sobra lo que, a nuestro juicio, está mal, muy mal y son las razones por las que estamos del otro lado. Seguir ahondando en lo sabido –sus proclamas, sus acciones, sus torpezas– no nos hace mejores, solo refuerza (in)directamente lo que son y lo que buscan provocar. Cada vez que (los) criticamos, crece su posibilidad de convertirse en una opción y ya lo son. Es lo que, precisamente, en este punto dio los votos a quién los obtuvo, y dejó fuera de participación a la opción, que nosotros creíamos como legítima. 
2) Ideologizar no politizar. En este punto la cuestión semántica es delicada, pues, decimos los “fachos”, “la derecha”, y lo desde mi perspectiva la peor descalificación, “facho pobre” para referirnos a los otros. Si hemos terminado en esto, divididos, como sistema binario, haciendo el juego al duopolio, dejándonos reducidos a lo que fue la Concertación, luego la Nueva Mayoría, la extraña definición de izquierda actual, o algunos motes tan peyorativos como: los rojos, los zurdos, los comunachos. Una costra de residuo partidista, que hace levantar o bajar banderas de un modo inapropiado, a lo que en verdad somos, y que en nada se condice con nuestra “disconformidad absoluta”. Seguir la línea de la clase política, nos sigue alineando a lo que todos desprecian, los partidos, los grupos coludidos en su alternancia, que ven como única vía posible, en su provecho, una carrera presidencial o parlamentaria. Cuando advierto, sobre la necesidad de ideologizar, es devolver a la sociedad de lo que fue vaciada a plomo o a hambre, y que ha convertido a una enorme masa ciudadana en “desclasados”, los aburridos de la política tradicional, traicionados por los que abogaban por la injusticia, de quienes desconfian tras tanta corrupción, en la misma medida que los hace ilusionarse ante cualquier promesa de cambio y mejora, estrictamente en lo económico. Como si eso no fuera ideológico. Ni se despoja de lo que es su esencia.
3) Reconstruir nuestro discurso, desde la deconstrucción de los prejuicios, eslóganes y proclamas –todas formas de lugar común– que utilizan como loros (me perdonen estos pájaros) quienes siguen a la ultraderecha y el neofascismo. No atacar esas sentencias, movilizar a sus adherentes hacia la comprensión de sus propios fundamentos. Se trata de, abandonar toda intención de convencer (prácticamente imposible desde nuestra naturaleza) para optar por un “disuadir”, es decir, llevarlos a que desistan de su postura, al evidenciar desde sus propios términos, una reutilización de sus palabras. La interacción dentro de un mismo plano lingüístico sin agresiones, abre mayores posibilidades de encuentro, que ver los argumentos como un beligerante uso de la fuerza. Se trata de sacar de nuestra cabeza, eso de que discutir es una guerra, donde se enfrentan adversarios. Mucho más en este caso, donde a los fundamentos totalitarios-autoritarios, se debe apelar desde las emociones, a la riqueza del lenguaje no verbal, a las claves de la escala humana de la comunicación, más que a la lucha de egos y saberes. 
Si nos hallamos ante este panorama, es porque no fuimos capaces antes de prever que así se instalaba otra razón. Cómo por fuera del sentido común, fue nuestra falta de articulación, más allá del círculo más inmediato de nuestras condiciones, una distancia que se acrecentaba, también entre nuestros discursos y la vida cotidiana. Pues justamente era esta la realidad del ciudadano de a pie, con tantas dudas como deudas, la que estaba intervenida, vaciada y viciada, como el terreno más fértil, para que, desde esa desilusión sumada a su nula conciencia de clase, permitiera surtirse de “fake news”, “posverdad” y voladores de luces, convertidos en estrellas fugaces, que ahora hacen a un continente entero pedir con ojos cerrados un deseo. Porque son tantos quienes esperan otro despertar, mientras nosotros seguimos desvelados, sin convencernos de una única verdad: se nos hace cada vez más tarde, demasiado, para todo.

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